
Primeras Profecías
de Nostradamus, sus primeras Centurias y profecías, profecías
sobre EnriqueEn el tranquilo refugio de su morada, donde se
agolpaban durante el día ilustres o modestos visitantes que
acudían para consultar a Nostradamus en su doble calidad de
médico y de profeta, solía él encerrarse a altas horas de la
noche en su propio estudio.
En las claras noches estrelladas en las que el firmamento de los
astros parecía un inmenso y maravilloso libro abierto de par en
par ante los hombres, mientras el silencio envolvía
misteriosamente todo cosas y personas , Nostradamus se acomodaba
en un asiento de cobre (o de bronce) y, después de haber
cumplido los ritos sagrados que exigían el use de una banqueta
mágica (la varilla que el vidente menciona en la cuarteta) y
algunas ceremonias de purificación, veía materializarse ante sus
ojos, y bajo la forma de una exigua llamita, la evocación
iluminadora, gracias a la cual el Señor Dios suscitaba en él la
visión profética de los acontecimientos.
La minúscula llama danzaba en la oscuridad y brillaba con el
resplandor del agua lustral, recogida en un barreño de cobre.
El reverbero de la
llama atenazaba los ojos del profeta y su mente caía en un
estado de trance por el que no sólo descubría, en el fondo del
futuro, un sinfín de hechos y de sucesos lejanos, sino que
percibía asimismo sonidos y voces como si fuesen verdaderamente
reales, hasta tal punto que los personajes, protagonistas de los
eventos que él preveía, se agitaban vivos ante él y parecían no
tener secretos para el gran vidente.
Y la voz de Dios, percibida por él con claridad, pero que
parecía salir de los amplios pliegues de su manto, le ilustraba
los hechos que desfilaban ante sus ojos y a los que él mismo,
como invitado de honor, asistía, invadido siempre de un cierto
reverencial respeto y de un santo y tranquilo temor.
Como sentía un
irreprimible deseo de legar a los demás un recuerdo perenne de
lo que él había conocido sobre el futuro, Nostradamus tomó nota
de todo «modelando el borde y el pie de lo que no se cree en
vano», o dicho en otras palabras: encerrando en los versos de
sus proféticas cuartetas, lo que su mente había descubierto
escudriñando en el porvenir.
Las exiguas tirillas de papel en las que Nostradamus escribía
sus herméticos versos rimados, se amontonaban junto a él y
abrían simas de interrogantes para quienes, andando el tiempo,
los examinarían con ojos puramente humanos.
Por desgracia para
nosotros, muy pocas de las cuartetas que compuso el gran vidente
poseen la relativa claridad de las dos primeras con las que
comienza la obra; y de ahí la dificultad de la interpretación.
Fiel al
convencimiento de que el porvenir no había de ser claramente
desvelado a la mayoría de los hombres y temeroso de que los
tesoros de su profecía fuesen despreciados y conculcados, como
perlas echadas a los puercos, por quienes los tomasen en sus
manos, Nostradamus compuso una obra asequible sólo a un corto
número de iniciados.
Todo lo que de extraordinario y portentoso realizaba Nostradamus
en los cuerpos y en las almas de cuantos a él acudían, porque le
consideraban un eminente sabio y un gran profeta, lo atribuían
sus envidiosos y denigrantes adversarios a Satanás y a
inspiraciones diabólicas; sus propios admiradores sentían un
cierto temor reverencial ante sus prodigiosas facultades. Que
Nostradamus era un hombre recto, honrado y apreciado y de
extraordinaria caridad, nadie lo ponía en duda; pero de dónde le
provenía aquel notable poder que le distinguía de cualquier otro
ser humano, nadie, rico o pobre, sabio o ignorante, había
atinado a descifrarlo.
Según hemos podido
observar, Nostradamus nunca dejó de ser hombre de su tiempo y,
por consiguiente, sabía muy bien que los severos censores
ministros de la Inquisición habrían podido averiguar fácilmente
sus actos e interpretarlos maliciosamente en caso de que los
rumores y las veladas insinuaciones hubiesen sido graves a
insistentes o hubiesen hallado en sus escritos siquiera la más
leve sospecha o pruéba de algo que consideraban punible.
Existían, además, otros motivos de justificación de su siempre
extremada prudencia: el primero y principal era el de aparecer
profeta de terribles desventuras. El hecho de predecir los
sucesos más trágicos de historia de la Humanidad con palabras
fácilmente comprensibles habría levantado contra él toda la
opinion popular y se hubiese visto condenado al extrañamiento, a
la cárcel o a la muerte. Los profetas de desventuras, según nos
enseña la Historia, nunca han sido bien recibidos; y se sabe que
la gente prefiere precipitarse en el abismo, desconociendo a
ignorando lo que les va a suceder, antes que conocer la
desgracia que les espera. Nostradamus sabía muy bien todo esto y
así prefirió ocultar sus profecías a la gran masa de los
hombres, dejándolas voluntariamente enigmáticas y nebulosas y
confiando sólo en un reducido número de iniciados capaces de
comprenderlas y, llegado el caso, de explicarlas.
Esto explica el
lenguaje hermético y oscuro al tratar del porvenir de Francia,
su querida Francia, y que no fuera tan impenetrable al hablar de
otros pueblos y naciones.
Para conseguir el oportuno grado de misterio, el escritor
profeta redactó sus cuartetas no sólo en francés arcaico para
aquella época, sino que también lo mezcló con palabras alemanas,
españolas, italianas, provenzales, y neologismos que tomaba de
raíces griegas y latinas, o anagramando los nombres más
conocidos de aquella época.
Así, Francia se
transforma a veces en sus versos en Nercaf o Cerfan, París en
Rapis o Sipar; Henric se presenta con la grafía Chydren; Mazarin
se cambia en Nizaram y Lorrains toma la forma de Norlais. Con la
grafía «Phi» indica el nombre de Felipe; Estrage se convierte en
Estrange, es decir extranjera, y designa con este nombre a la
reina María Antonieta, esposa de Luis XVI, aunque él transforma
la palabra en Ergaste.
El estudio
comparativo y atento de las muchas ediciones de las
Centurias, permite asegurar que algunas grafías de palabras,
consideradas sucesivamente por los comentaristas como
errores del autor o del editor que las publicó, son, en
cambio, inexactitudes expresamente queridas por el autor
para velar sus profecías.
Es razonable que después de hablar con tanto encarecimiento
de Nostradamus y de sus excepcionales dotes de vidente,
sintamos curiosidad y tengamos un vivísimo deseo de poder
«leer», a través de sus cuartetas, los eventos humanos que
él predijo.
En diversas épocas, insignes investigadores y oscuros
comentaristas han estudiado las Centurias, intentando
esclarecer por todos los medios a su alcance el sentido
arcano de las frases contenidas en aquellos versos. En
muchos casos los resultados han sido satisfactorios; en
otros, por el contrario, si bien costosos y estimables, a
nada esclarecedor han conducido y las frases han conservado
su secreto intacto; sólo desaparecerá el enigma cuando un
acontecimiento histórico ofrezca a los estudiosos la clave
que muestre su , mecanismo.
De entre sus
profecías, la primera que maravilló extraordinariamente a
sus contemporáneos fue la que hizo Nostradamus refiriéndose
a su propia muerte. La vida terrenal del gran profeta se
extinguió en Salon, el día 2 de julio de 1566, un poco antes
de la aurora, como consecuencia de un ataque de artritis y
gota que había degenerado en hidropesía.
Pero la profecía que le valió, por sí sola, fama y
notoriedad mientras aún vivía, fue la que consta en las
Centurias y se refiere a Enrique II, Rey de Francia y esposo
de Catalina de Médicis, en la cuarteta treinta y cinco de la
Centuria I.
Esta cuarteta consigue dar, con viveza excepcional y
concisión admirable, todos los detalles de la muerte del
Rey; no es de maravillar, pues, el asombro que suscitó al
aparecer públicamente este vaticinio.
A simple vista
podría parecer incluso absurda, ya que un rey nunca se batía
en duelo; no obstante dio mucho que pensar a cuantos estaban
junto a Enrique. Los hechos ocurrieron de esta manera:
En junio de 1559 Enrique II se hallaba en París; se acababa
de firmar el Tratado de Chateau Cambrésis que ponía fin a
las discordias entre España y Francia. Por él el soberano
francés renunciaba a sus miras sobre Italia y restituía las
tierras del Duque de Saboya, a quien había concedido, además
de consolidar su situación política fuera de sus fronteras,
la mano de su hermana Margarita. Y a Felipe II, viudo de
María Tudor, habíale prometido por esposa a su jovencísima
hija Isabel.
La Corte francesa festejaba aquellos esponsales y se había
organizado, en aquella ocasión, un brillante torneo en la
plaza que se extendía ante el palacio real, en aquel
entonces palacio de los Torrejones (Tournelles).
El 30 de junio
el Rey bajó al campo vestido con una magnífica armadura, con
el propósito de batirse en combate individual a caballo
contra tres adversarios por lo menos.
El primer caballero con quien compitió el Rey fue Manuel
Filiberto de Saboya; el segundo, el Duque de Guisa, y el
tercero era Gabriel Montgomery, joven a impetuoso
combatiente, comandante de la guardia del Rey. Uno tras
otro, los asaltos se desarrollaron normalmente y las tres
lanzas que el Rey había recibido terminaron rotas en el
polvo. Un sentimiento de alivio pareció llenar el corazón de
la multitud que había acudido a la plaza para presenciar el
combate, y los íntimos del Rey se dijeron que el peligro
estaba ya superado. Se relajó con ello la tensión, pero
Enrique, no satisfecho con su triple victoria, no se alejaba
del circo, dando a entender con sus gestos que deseaba
repetir el asalto con el último de sus adversarios, el Conde
de Montgomery, que antes había inferido al Rey un golpe tan
fiero que faltó poco para derribarle.
De nuevo en el campo, los caballeros se colocaron uno
enfrente del otro, preparados para una nueva lucha, en medio
de un profundo silencio, roto solamente por el furioso
galopar de los cabellos. Calada la visera de la armadura y
dirigida la lanza contra el adversario, cargaron
impetuosamente el uno contra el otro. En un abrir y cerrar
de ojos se cruzaron las lanzas y la del joven Montgomery,
partida en pedazos por el certero golpe del Rey, voló, otra
vez, por los aires hasta el polvoriento suelo.
Nada trágico
había ocurrido y de momento se pudo pensar que era falsa la
negra profecía, desmentida por la realidad. Sólo faltaba un
detalle, un insignificante detalle: cumplir la regla que
ordenaba que los dos caballeros, echadas las armas,
volviesen al punto de partida. Pero Montgomery, desarmado,
no dejó la esquirla o pedazo que sostenía aún en su mano,
sino que, al contrario, lo cogió con más fuerza y, al pasar
junto al Soberano, con aquel tronco muñonero fue a chocar
contra la visera del Rey la jaula de oro de la que había
hablado Nostradamus , la levantó en parte y, habiendo
hallado expedito el camino, fue a clavarse en el ojo
saliendo trágicamente por el oído.
Enrique permaneció inconsciente durante cuatro días, y al
cabo de once murió en medio de terribles dolores.
La profecía de
Nostradamus se había cumplido punto por punto y el propio
Rey moribundo la recordó, añadiendo que nadie podía hurtarse
a su propio estino.
Tras la muerte de su esposo, Catalina de Médicis vio
realizada la segunda profecía que Nostradamus le había
hecho, cuando su hijo Francisco II ciñó la corona de Rey de
Francia.
El mago de Salon más de una vez había escrutado los abismos
de las estrellas para sondear el destino de los hijos de
Catalina y responder a los insistentes ruegos de la
ambiciosa Reina.
Por lo que cuentan las crónicas de aquella época, la
profecía que él hizo a propósito del destino de los
príncipes fue una de las más famosas sesiones mágicas que
recuerda la historia.
A altas horas de la noche, en el salón hexagonal de la torre
del castillo de Chaumont, el mago de Salon invocó la
presencia del Angel de la Muerte.
Acudió
puntualmente el fatal personaje y rompió con su presencia
los halos o círculos que sucesivamente, por orden de edad,
hicieron durante la célebre sesión las sombras de los hijos
de Catalina, ataviados con las insignias reales.
Cada halo correspondía a un año de reinado y la marcha
espectral se interrumpía en la fecha fijada por Anael, el
Angel de la Muerte.
El mago respondió a la Soberana (que le pedía cuentas de lo
que él veía) que los votos y deseos de ella serían
absolutamente cumplidos, porque todos sus hijos sus tres
hijos ocuparían el trono de Francia.
Lo que él
se calló fue este detalle: que los tres hermanos se
sucederían en el trono en un pequeño espacio de tiempo,
relativamente breve, y ello porque una temprana muerte
los arrebataría en la flor de su edad, uno tras otro,
como así sucedió.
Transcurrido sólo un año de reinado, Francisco Il murió
después de una breve dolencia, tal como había vaticinado
el vidente en una de sus cuartetas. La Corte experimentó
un nuevo estremecimiento de horror y se difundió el
pánico entre los dignatarios que veían en el gran amigo
de la Soberana un infalible vaticinador de desventuras.
Carlos IX
sucedió a su hermano Francisco en el trono de Francia;
era aún un niño y su madre fue regente hasta la mayoría
de edad del Rey; pero habiendo muerto también el segundo
hijo de Catalina, tal vez de remordimiento por no haber
sabido oponerse a la terrible matanza de la noche de San
Bartolomé, ocupó el trono su hermano Enrique III, que
volvió a la patria desde las lejanas tierras de Polonia,
donde había aceptado ceñir la corona de Segismundo.
Pero murió también este Rey, asesinado por un fanático,
Jaime Clement, y Nostradamus hizo también para él un
presagio, el que está señalado con el número 58 y
referido al año 1561, mientras que en realidad el
regicidio tuvo lugar en 1589: «El rey rey no es ya
(causa) la perniciosidad del Duce».
Y un
comentarista del vidente destaca que el doble
substantivo empleado para Enrique III recuerda su doble
corona, la de Polonia y la de Francia, y el nombre del
Duce ha de entenderse como sinónimo del apellido del
asesino Clement.
Biografia de Michel de
Nostradamus
Profecias
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Testamento de Nostradamus
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Fuente : Enciclopedia
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